- Pablo, ¿qué haces?
- ¿qué?
- Que qué haces.
- Nada... bueno, sí, te acaricio.
- Sí, ya lo veo que me acaricias, pero no sé si me apetece.
- ¿El qué?
- Pues eso, que me acaricies. Aunque por otro lado tus manos son suaves. Y eso me gusta.
- Entonces, ¿en qué quedamos?
- Bueno, mira mejor creo que no.
- Comprendo.
- ¿Pero porqué no me abrazas?
- Que te abraze tu puta madre.
Olvera es el jefe del departamento comercial de una multinacional. No es muy alto, acaba de cumplir los 40, su tez es morena, al igual que su pelo y tiene los ojos oscuros. Cada mañana, nada más sonar el despertador, se levanta, se pone las zapatillas de andar por casa, coje un bote de gomina y lo aprieta contra su pecho como si de una barbie de una niña del Kostka se tratara. Olvera se mira al espejo confiado. Abre la palma de la mano y extiende la mitad del bote para echárselo en la cabeza. Se empieza a pasar las manos por la cabeza y peinando el pelo hacia atrás. Pasan 23 minutos. Se mira al espejo y acierta a ver entre el brillo de la gomina el reflejo de su cara en su cabeza. Sobre la silla su mujer le ha dejado un traje oscuro. Se viste y se dirige a la empresa. En su despacho se sienta en el ordenador y se queda callado. Decide ir a darse una vuelta. Se cruza con dos o tres personas, que tratan de evitarle y se mete en el despacho del jefe de otro departamento. Le empieza a comentar cosas del nuevo producto elementales y el otro jefe asiente y le da contestaciones ambiguas, es mejor no contradecir y bailar el agua. Suena el teléfono de Olvera. Es el hijo de uno de sus jefes. Quiere que le gestione un asunto. Olvera sale del despacho y se dirige a Pablo. Le dice, teléfono en mano, que le gestione rápidamente lo que le pide el hijo de su jefe. No recuerda la putada que le hizo dos meses atrás. Pablo va al ordenador y le indica rápidamente el resultado. Olvera tiene que leer la palabra Ondarreta. Acerca sus ojos a la pantalla e intenta empezar a leerla: Onda.. ondar... ejem... ondareta... ondarreta... Olvera empieza a temblar, deja el teléfono en la mesa y se lleva su brazo tembloroso a la cabeza. Parte de la gomina se ha disuelto. Vuelve a coger el teléfono y no hay nadie al otro lado. No pasan ni cinco segundos y aparece el presidente al fondo del pasillo. Olvera ve como va directo hacia él. No le saluda pero le dice que baje la cabeza. Le mira su pelo imperfectamente engominado. Hay un silencio tenso. Le mira y le dice: Te mereces un ascenso.

¡Antihéroe!. Me señalaste como amigo. Bueno tu click y bien a tiempo. Y linda valijota entremanos yo me he puesto por visitarte. Por mis 61 intransferibles; y en referencia al copete del título en tu Blog; yo podría decir, que la edad para la vejez, poco cuenta. Aquello que hace "viejo" es el grado de miserabilismo de cada persona. Y a esta miseria del alma, yo la entiendo apareada con cuanto daño haga el viejo-dañoso-miserable. Algunos nunca son viejos; y otros desde tiernitos comienzan a distinguirse, como reales carentes de madre y padre. Son esos que desde su "moldecito", se quieren apropiar de nuestro disfrutar unidos la vida, que es unida. Está con buenos fluídos tu Blog. Pones un humor sin gruesadas, sobre lo que tratas; con el que muestras a las gentes y a sus máscaras; desde lo que da la idea de momentos físicos notables -cuando "personajes" y personas se evidencian en un descubierto-. No es mi intención hacer un foro de tu blog. Me he dado un viaje por costumbres y dichos, que me ha dejado asertivo con un guai para quien pregunte. Para esos dolores de cabeza hay hierbas que no han de costar como los productos de las farmacias "fashion": El Romero, la Ruda (ruta graveolens), la Menta, la Gentiana Lutea, la Lavanda, la Tila del Tilo (tilia europea), la Manzanilla, (matricaria chamomillea). Hasta Luego. Que sigas Bien.